El día que recibí un golpe de realidad…
Te voy a contar sobre él “Fatídico día” en el que recibí un
golpe de realidad, te contaré de mi experiencia personal...
Debido a la pandemia, esta semana en México, se han iniciado
las clases en línea, lo cual cubre sólo una parte de la necesidad de aprendizaje,
durante este periodo, los niños aprenderán por medio de la observación y la
convivencia con sus familiares cercanos la forma en que se debe enfrentar un
problema.
Por ejemplo, si el niño tiene unos padres que pelean todo el
tiempo, el niño aprenderá a reaccionar de forma insegura y agresiva ante los
problemas; si el niño observa que el tío o primo se dedica a jugar videojuegos
todo el día, el niño aprenderá que, si hay una crisis, esta bien evadir los
problemas; o si observa que sus padres trabajan hasta el agotamiento, el niño
aprenderá que está bien descuidarse a sí mismo con tal de ganar dinero.
El problema es que, la educación de un niño debería ser
responsabilidad de todos, pero a veces creemos que como no somos los “tutores
principales” de ese niño, no tenemos injerencia alguna en su educación, he
escuchado frases como “que se encarguen sus papás”, “es mejor no meterse”, “yo
por eso no tengo hijos”, “que los educen en su casa”, “no soy maestro de nadie”,
etc.
No se trata de contrariar las órdenes del tutor o del
maestro (de hecho, quitar autoridad es una pésima estrategia), se trata de ser
conscientes de que, educar a un niño, no es responsabilidad exclusiva de los
padres y los maestros, el sólo hecho de formar parte del círculo social del
niño, te hace co-responsable de su educación, pues los niños aprenden a través
de los comportamientos y ejemplos de las personas que los rodean. La pregunta
del millón es, ¿Qué le estas enseñando a los niños o jóvenes que te rodean?
Existe un proverbio africano que reza:
“Para educar a un niño
se necesita toda una tribu.”
Para muestra, un botón, te voy a hablar de él “Fatídico día”
en el que yo comprobé que este proverbio es 100% real, te contaré de mi
experiencia personal con 2 familiares. Para no echar a nadie de cabeza los
bautizaré como el tío Brayan y el tío Baltazar.
Desde niña, supe que tanto Brayan como Baltazar, me querían
muchísimo, eran mis tíos consentidos, los más jóvenes, me inspiraban confianza
y admiración.
Para mí, el tío Brayan era valiente, inteligente y seguro de
sí mismo, yo veía que cuidaba mucho de mi abuelita, y además me había contado
que había entrado a estudiar, sabía bailar muy bien y era el tipo de muchacho
que sabía hacer trabajos donde se necesitaba mucha fuerza física, además siempre
era el que levantaba la voz para denunciar las injusticias.
Por otro lado, estaba el tío Baltazar, para mí, el tío Baltazar era creativo, inteligente y seguro de sí mismo, ese tío estaba estudiando la Universidad y siempre se daba tiempo para jugar con sus sobrinos, nos ponía a jugar desde las escondidillas, hasta el mapa del tesoro, plastilina y muchos otros juegos con los que nos mantenía entretenidos. Recuerdo que jugaba con los dinosaurios de mi hermano y armaba escenas dándole voz a los dinosaurios con pequeños letreros de papel.
Para mi ambos eran muy importantes, eran la meta a seguir, yo quería ser valiente, saber bailar, sentirme segura de mi misma, ser creativa, ser inteligente y algún día estudiar en la Universidad.
Unos años después, logré pasar el examen para entrar al
nivel medio superior en la UNAM, festejamos mucho, ambos tíos me felicitaron
muchísimo, ya que eso representaba el inicio hacia ese sueño que tenía de ir a
la Universidad.
El día que me tocó inscribirme, fue Baltazar, el que nos
acompañó a mi madre y a mí, me mostró con orgullo el campus, me contó que las
experiencias que tendría nunca las olvidaría, Baltazar, me dio la bienvenida a
la UNAM no sólo como mi familia, si no como Universitario.
Poco después de eso, en mi cumpleaños número XV, Brayan me
escribió una carta muy bonita, en la que me decía que me quería muchísimo y que
estaba muy orgulloso de mi, también me decía que no tenía dinero para darme un
regalo, pero que siempre estaría ahí para mí.
Mis dos figuras de admiración permanecían y crecían cada día
más, hasta que llegó el "Fatídico día".
Sucedió cuando terminé de cursar el bachillerato. Yo estaba muy feliz, había conseguido superar otro reto, había logrado obtener un lugar en la carrera de Ingeniería en Computación y tenía las emociones a flor de piel.
Poco después de recibir mi certificado de bachillerato,
Brayan fue a visitarme, primero me felicitó por mi logro y me dijo cuán
orgulloso estaba de mí y después me dijo que quería pedirme un “favor”, yo de
inmediato le respondí que sí, que yo le ayudaba en lo que él necesitara. Y
entonces explotó la bomba, Brayan me pidió “prestado” mi certificado de
Bachillerato, lo cual me extraño muchísimo, de inmediato le pregunté para qué
lo necesitaba y con explicaciones a medias me dio a entender, que él no había
terminado su bachillerato, pero que necesitaba sacar su certificado para poder
pedir trabajo, en resumen, quería que le prestara mi certificado para mandar a
hacer uno para él, Brayan quería mi certificado para falsificar el suyo…
Sentí cómo el calor subía hasta mi cara, sentí unas ganas
inmensas de llorar y un enojo que es difícil de describir, mi respuesta rotunda
fue “NO”, intentó convencerme de muchas formas argumentando que necesitaba el
trabajo, que si no le ayudaba, perdería la oportunidad y mi respuesta se
mantuvo “NO”, salió una versión de mí, decidida y muy fuerte, al punto del
llanto pero para nada arrepentida, recuerdo que lo primero que pensé fue, “No
me importa si me deja de querer, yo sé que lo que me pide no está bien”.
A partir de ese día, yo ya no era la sobrina de la que
Brayan se sentía orgulloso, ahora era la sobrina que “no lo ayudó”, “la que no
lo quería”, “la que no cuidaba a la familia”, me convertí en nadie para él y
debo confesar que, aunque me dolió en el alma, nunca dudé de la respuesta que
le di ese fatídico día.
La verdad, no sé cómo habría reaccionado sin la imagen que tenía de Baltazar, probablemente me habría sentido culpable o contrariada por no "apoyar a la familia", si Baltazar no me hubiera mostrado el “orgullo” que sentía por ser Universitario, si no me hubiera contado los días en los cuales compraba galletas y naranjada con los pocos pesos que tenía, aguantando el hambre mientras tomaba sus clases, tal vez ni si quiera hubiera entrado a la Universidad.
Recordar a Baltazar, me hacía pensar que defender los
principios y valores en los que yo creía, era una lucha que valía la pena,
aunque eso implicara perder el “cariño” de alguien como Brayan. Nunca me sentí culpable, me dolió mucho perder el cariño de Brayan, pero siempre me sentí orgullosa de mi decisión.
No cambiaría por nada la experiencia de ser universitaria, me siento orgullosa del tiempo que he invertido en mi preparación, el conocimiento, la capacidad de analizar, de decidir, de investigar, de defender mis derechos, e incluso, con mis conocimientos, ayudar a otros…
De Brayan aprendí que tengo la valentía y la fuerza
suficiente para defender mis principios, y que sean cuales sean las
consecuencias, soy capaz de afrontarlas, porque sé que valdrá la pena.
Baltazar se convirtió en la piedra angular que me permitió
construir quien soy hoy en día, pues me enseñó y me demostró que, el ejemplo es
la única forma de enseñar y que cuando haces las cosas con cariño, sin esperar
nada a cambio, siembras una semilla que nunca dejará de florecer.
¿Y a ti, cómo te gustaría que te recuerden, como Baltazar o como Brayan?
Cuéntame qué te pareció este tema, me gustaría mucho saber
de ti.
Gracias por leerme…








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